Sobre las pulgadas de la TV - Una anécdota de Willy Chiri

La eterna e inevitable soledad que debe sentir el final de un chiste malo, ante una multitud hambrienta, desaforada y latente por soltar una carcajada. Así se sentía Tomás Martínez. Solo, pero en presencia de todos.

Después de bajar en la estación de Barrancas de Belgrano, me dispuse a cruzar Virrey Vertiz, para subir por Echeverría, camino al subte. Noté lo difícil que es cruzar la calle. Por eso la gente decide caminar o subir por Juramento. Pero ese día me había empecinado en subir por Echeverría, mucho menos transitada que la primera. No sé, era la consecuencia de un capricho; de un acto que no hacía más que demostrarme el poco poder de decisión que podía tener sobre la realidad que me rodeaba. También había elegido ese mismo día, no mezclarme con la muchedumbre que sale del tren y caminar por los bordes del andén amarillo, tomando y aceptando la posibilidad y el riesgo de ser empujado por algún pasajero desprevenido o victima de su asedio diario, incapaz de concebir una nueva idea y en lo posible, de aceptar y acarrear en su conciencia con la muerte de un joven de 27 años, por un simple descuido de su parte y por imprudencia de la víctima. Me sentía audaz, desafiante y provocador. Un revolucionario en un escena que tenía sólo 80 centavos de costo. A veces me doy pena y demasiada. Es una extraña sensación, siento que soy un ser miserable y chato, lo que no hace más que provocarme un frenesí por demás satisfactorio, sacando provecho de mi mismo y de mi ser patético y vulgar.

Llegue hasta Cabildo y Echeverría. La gente comenzó a hacerse notar. Esos otros desconocidos, un manojo de serviles consecuentes aceptando su condición de mesura y control de riesgos. Tarjetas de crédito, cuotas para una pantalla plana de interminables pulgadas para ver los partidos de la selección de Messi en el mundial de Sudáfrica. 50 cuotas, casi cinco años. “La tele nueva puede servirte para ver dos mundiales, en alta definición” Ofertas en ropa de invierno, suéter que cuestan 250 pesos, y están en oferta. Cuotas, deudas, créditos y María, una ex compañera del Laboratorio donde me desempeñe como un buen pasante proactivo y con nuevas ideas en el departamento de recursos humanos, división selección, desarrollo y capacitación. Teníamos buena relación. Me acuerdo que sus primeros días tuvo que lidiar con un par de Gerentes de Producto histéricos y estresados, molestos, babosos y desaforados, torpes por su inocente sexualidad que daba indicios de decencia cada vez que un botón de su blusa mostraba el principio de dos tetas puras y naturales. Recuerdo que un día el reflejo del ventanal de la recepción genero por los rayos del sol, que sus vellos se translucieran, provocando en mi conciencia un paisaje que se acompañaba de una casa en un barrio cerrado, un perro, dos o tres hijos, un auto, una camioneta, visitas de familiares, ausencia de conflictos, picadas, vinos caros, bebidas de marcas numero uno; un escenario posible, mágico, de fantasía, con una televisión de interminables pulgadas y un video del último recital de Madonna en Argentina de fondo, mientras nuestros hijos y sobrinos se escabullirían de la mirada de sus padres, constituyéndose como seres arrojados a la existencia, en un mundo que jamás se cuestionarían siguiendo al pie de la letra el mandato cultural-social del espacio donde les toco nacer. María representaba todo eso y yo me comporte mal con ella. “Fuiste poco caballero, no volviste a llamarme. Además te llame a contarte algo y ni pelota; está bien que estabas con tus cosas, pero me hiciste sentir una mierda” Después de idas y vueltas, miradas, excusas para ir a la recepción a firmar sobres, encuentros fuera de la oficina, llamados a la noche tarde, aguantar las historias con su novio, escucharla. Escucharla. Escucharla. María tenía conciencia social, cómo era posible comprarse un televisor de interminables pulgadas, un home teather mientras había gente en el norte argentino que moría de hambre. En ese momento me imagine sí las imágenes que se transmitían en alta definición podrían alejar de la muerte a los hambrientos cuyanos. En esa época estaba en busca del porvenir, aquel invento del que uno espera algo a cambio después de tanto sacrificio y nunca llega, siempre está por venir, hacia él vamos. Renuncié al laboratorio y a la pasantía. Renuncie a algo de esa vida, pero no renuncie a María y la pureza de unos senos magníficos.

Nos encontramos en un café dos años después de haber compartido un espacio laboral. El café de esquina Pueyrredon y Santa Fé era nuestro punto de encuentro, entre toda esa gente. Esquina interesante de la ciudad, transitan determinados personajes y en su estado natural. Intelectuales con sus parejas, una especie de bolos para un reversión de la “Jaula de las locas”; prostitutas de alto nivel, travestis que rozan sus culos y tetas con personajes de exposición pública y de la opinión pública Argentina. Psicoanalistas que sólo conocen los psicoanalistas, gente con aires de grandeza, megalomaniacos, pichones de garcas con Quilmes en las manos, camino a alguna plaza para dar inicio al “Carioca” con otros niños de clase alta con asfixia al departamento y a la vida cómoda que proponen los padres que nunca ejercen, más que su capacidad de Entidades Generados de Ingresos y Cobranzas. Chicos difíciles, dirán los docentes. Pendejos de mierda, algún coherente solitario. Entre todos, María. Apareció con el pelo aclarado por el mar. Había estado en Praia do Rosa, un balneario de Brasil exclusivo que atraía a los chiquillos que frecuentaban las plazas de Barrio Norte y que se jactaban de su hipismo por el simple hecho de escuchar bandas como los Redonditos de Ricota, Viejas Locas, La 25, etc. Cómo puede ser que la decadencia allá alcanzado también a la música y una banda como los Redondos se equipare con esos experimentos barriales que sólo triunfan en los estacionamientos de algún lugar del oeste o el sur, y que ubican a la mujer como una malvada, pero que les quito el sueño, por sus ojos… Una mierda.

María, más flaca, estaba trabajando por su cuenta vendiendo accesorios para la mujer moderna, independiente y profesional. Los materiales los confeccionaba una amiga que estudiaba diseño de indumentaria y ella se ocupaba de la logística. “Siempre quise hacer algo así”, dijo, mientras me disponía a seguir escuchándola, apagando mi cerebro. “Me mude” alcance a decir, en un espacio de silencio. Ella comenzó a preguntarme cuándo, cómo, cuánto pagas de alquiler, qué caro es el alquiler, expensas también, abl, aumento; “vamos, te invito a cenar ahí”. Acepto, sin saber de manera explícita que también le estaba diciendo que si a un garche asegurado. Esa aceptación me permitió descubrir que la sentencia ya había sido dictada, mientras esquivábamos personajes bizarros y pintorescos que recorren la calle santa fe a partir de las nueve de la noche. Ni me acuerdo que cocine ese día. Terminamos de cenar, prendimos un pitillo, que para mi sorpresa y asombro llevaba consigo. Parece que el viaje a Brasil había abierto su cabeza, era una chica mucho más liberal ahora, libertina, suelta, fresca como siempre y esas tetas con esos vellos rubios que pedían a gritos permanecer en la clandestinidad, porque era sólo de esa manera como podrían brillar y establecer el centro de cualquier escena en la que estuviesen participando. Una cosa lleva a la otra, y la causalidad de esa noche, llevo a que María y yo concretemos el afanado encuentro que tanto esperábamos. Me ilusiono…. Que tanto esperaba… yo.

Durante el encuentro no use profiláctico, una actitud de imbécil. Imbécil que cree que el azar puede decidir esas cuestiones y que las posibilidades de 2% jamás me incluirían en su grupo de control. Por suerte, por el destino, por decisión no de otros sino mía, no tuve noticias respecto a un posible embarazo y me había decidido a no comunicarme con ella. Había saldado mi deuda, ya está, qué más quiere está piba.

El encuentro en el subte fue como lo esperaba al instante en que la vi. Fría, distante, perseguida y paranoica. Ella se subió dos vagones adelante, mientras sintió mi presencia en la fila para comprar el boleto, supo qué iba a hacer para no cruzar palabra conmigo. Qué boluda. Lo último que sabía de ella era que se había ido a vivir con un pibe, que tenía una hija de diez años y que trabajaba en tribunales, en el mismo juzgado donde trabajaba ella, después de renunciar en el laboratorio. Claro, era de esperarse proveniendo de María que no haga otra cosa más que saludarme en el subte y sostener la distancia prudencial respecto a mi persona. A veces mi intuición me sorprende, no sé qué será. Tal vez la falta de un televisor de interminables pulgadas, pero eso creo que me convierte más en un personaje patético.

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