
Pasó el tiempo y al perro Boby se le presentó la siguiente disyuntiva; qué sería mejor entre vivir amarrado y ser transportado en una camilla por un par de desconocidos.
En el fondo, se encuentra la última posibilidad y más cerca, lo inevitable.
Aunque él esté al tanto de lo difícil que resulta definir qué es lo que quiere, saber qué es lo que no quiere, le sirve de consuelo.
Se acomoda – en dónde, no sabemos-, pero no define.
Recoge sus cosas, entre ellas un atado de cigarrillos y cien pesos. Sale de su casa y se va a un “putero”; cómo si allí encontrase la respuesta a su incertidumbre intelectual.
Y así resuelve: pagando, cogiendo y con un analgésico “Después vemos”.
Todo un goleador, aunque de playstation.
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