Goleador, campeón


Pasó el tiempo y al perro Boby se le presentó la siguiente disyuntiva; qué sería mejor entre vivir amarrado y ser transportado en una camilla por un par de desconocidos.
En el fondo, se encuentra la última posibilidad y más cerca, lo inevitable.
Aunque él esté al tanto de lo difícil que resulta definir qué es lo que quiere, saber qué es lo que no quiere, le sirve de consuelo.
Se acomoda – en dónde, no sabemos-, pero no define.
Recoge sus cosas, entre ellas un atado de cigarrillos y cien pesos. Sale de su casa y se va a un “putero”; cómo si allí encontrase la respuesta a su incertidumbre intelectual.
Y así resuelve: pagando, cogiendo y con un analgésico “Después vemos”.
Todo un goleador, aunque de playstation.

Un tipo pan comido

Empezó el verano. Para mi empezó el verano. Podrán decirme que el verano comienza en alguna fecha determinada, que hoy no recuerdo. Pero para mí, empezó el verano. Mis parámetros para determinar el inicio de la última estación de un año y la primera del otro, se basan en la vestimenta de las mujeres.
En el tren, en el colectivo, en el subte.
Cuando una o varias mujeres comienzan a utilizar vestidos para ir a trabajar, es porque empezó el verano. Eso me indigna, me despierta impotencia la imposibilidad de rozarlas, tocarlas, acariciarlas o simplemente, preguntarles, siendo precavido y cautos, si les molestaría que me masturbara pensando en ellas, en la soledad de mi casa.
A veces me imagino que el filtro se me suelta, se rompe estallando en pedazos pequeños en el piso, dando inicio a la diversión, a lo prohibido, a lo inevitable.
El otro día, un jueves de mierda, viajaba en el subte una morocha que llevaba un vestido negro, escotado. Muy puta la mina, se notaba que su promiscuidad podría transformarse en exclusividad eterna para un caballero adinerado; pero merza, como ella. Tenía tantas ganas de tocarla, de acercarme. Mi plan no era improvisado.
Voy a acercarme de a poco, trepándome de los pasamanos, eludiendo pasajeros, embistiendo a algunos otros, para llegar a ella, mientras mira por los ventanas de la puerta del subte. Voy a esperar a que el subte se detenga. Voy a pasar mi mano derecha por su cintura, comenzando por la espalda, hasta llegar a su panza. Mis dedos comenzaran a sentir los bordes de su ropa interior. Ella va a quedarse quieta, por que el miedo la paraliza. Nadie comprende nada en el vagón, piensan que nos conocemos desde hace años o que tal vez, éramos compañeros de la secundaria.
Con la otra mano, voy a agarrar el costado de su cintura, que me servirá de sostén para poder acercar mi bragueta a su culo. Comenzara a sentir cuales son mis intenciones. A partir de ese momento, voy a hablarle lento al oído, en voz baja. Ella busca eso, acepta eso; estas estrategias de seducción baratas para minas como ella funcionan. La mano que sentía los bordes de su ropa interior, comenzara a subir y a recorrer, lentamente y como parte de todo el trance, sus maravillosas tetas naturales, hasta que alguno de mis dedos se encuentre con un pezón hinchado, macizo y erecto.
Podrían ocurrir dos cosas: ella podría frotar su culo en mi bragueta y aceptar el pacto, ese contrato tácito que iniciamos juntos cuando mi mano toco por primera vez su cuerpo o, en el peor de los casos, podría aniquilarme el alma con un cachetazo y un grito que se confundiría con el sonido del subte cuando se detiene en las estaciones. Podrían ocurrir muchas cosas, pero no paso nada.
Me quede estático en mi lugar. Jamás podría acercarme a ella en esa situación. Tampoco podría hacerlo en otras, ya que carezco de vida social y mis encuentros sexuales son con prostitutas, que jamás me dirán que no.
Eso pasa en el verano, que para mi ya empezó. Me ratoneo en lugares impensados, comienzo con la masturbación compulsiva y gasto dinero a cambio de sexo, o de compañía.
Para mí, ya empezó el verano. Esas son mis vacaciones.

¿Quién?

“Yo no puedo creerle a un tipo que dice que Videla le pareció un caballero. Será que por estar tan cómodo en su departamento de Barrio Norte, jamás se entero lo que pasaba en el país. Encima, ni premio Nobel le dieron. Al final, parte de su obra es premonitoria; el man vivía en un mundo de Ficciones” Dijo el Loco González, indignado.
¿A quién se refiere?

¡Pero mi viejo, qué rabiata!

Al Loco González le ocurren demasiadas cosas en un lapso de tiempo breve. No vamos –los invito a no hacerlo- a detenernos en los parámetros que utiliza el loco para medir el tiempo, ni tampoco vamos a determinar en qué consiste que un lapso de tiempo sea breve, extenso, medio, normal, agotador, etc. No vamos a detenernos, el Loco González también no lo hace.
Pero, mal construida la última frase, el loco también aprendió a jugar con el lenguaje. Para él, el hombre es aquel animal simbólico, como describe algún filosofo. Quién, no interesa. El lenguaje no sólo sirve para comunicar salvedades, información, tareas, descripciones objetivas de la realidad. Hay otro lenguaje y es aquel que se utiliza para expresar sentimientos y que puede utilizarse para pensar. El hombre es un ser en permanente dialogo consigo mismo.
El loco González se indigna, piensa, re-piensa y se formula: ¿cómo puede hacer uno para hacerle entender a uno, que no le interesa lo que él mismo se plantea? ¿De qué manera puede uno demostrarse que aquel monologo interno se ha tornado tan aburrido, que nos lleva a un estado de somnolencia y abulia, a partir del que nada puede hacer? ¿Uno puede decirse a uno mismo que hablarse tanto, nos transforma en animales improductivos? Interminables soliloquios, de pragmatismo estéril. Y ahí, la inquietud, las dudas, la imposibilidad para avanzar. “…rodando, en alquiler…”
“esto no me va a embrujar” Se dice, se repite el Loco González y permanece en la esfera de la espera, mientras la plancha toma la temperatura ideal para que las camisas adopten un liso símil almidonado.
Las camisas, las remeras, todo tipo de vestimenta, menos él.

De perros sólidos

“Es imposible bajarse del mundo”, dijo un muchacho en una parada de colectivo. El loco González pretendía acceder a algo más que su hermética ciber-rutina, pero era imposible. Por lo menos para él.
“Uno no puede pretender que su mundo cambie de un día a otro, el proceso lleva su tiempo, y resulta casi tan tedioso como un trámite, hay que esperar mientras la cola de personas se va achicando” Cuanta razón, este muchacho de la parada del colectivo podría ser un filosofo o un estudiante de sociología, por qué no ambas. Pero el loco González no comprende, no entiende que su capacidad se nubla por su ansiedad y ahí, ahí prepárate Loco, porque el torbellino te revolotea, te quita las hojotas y te ensucia la cara.
..."un walkman que chorizó su hermanito..."
Astilla.