Al Loco González le ocurren demasiadas cosas en un lapso de tiempo breve. No vamos –los invito a no hacerlo- a detenernos en los parámetros que utiliza el loco para medir el tiempo, ni tampoco vamos a determinar en qué consiste que un lapso de tiempo sea breve, extenso, medio, normal, agotador, etc. No vamos a detenernos, el Loco González también no lo hace.
Pero, mal construida la última frase, el loco también aprendió a jugar con el lenguaje. Para él, el hombre es aquel animal simbólico, como describe algún filosofo. Quién, no interesa. El lenguaje no sólo sirve para comunicar salvedades, información, tareas, descripciones objetivas de la realidad. Hay otro lenguaje y es aquel que se utiliza para expresar sentimientos y que puede utilizarse para pensar. El hombre es un ser en permanente dialogo consigo mismo.
El loco González se indigna, piensa, re-piensa y se formula: ¿cómo puede hacer uno para hacerle entender a uno, que no le interesa lo que él mismo se plantea? ¿De qué manera puede uno demostrarse que aquel monologo interno se ha tornado tan aburrido, que nos lleva a un estado de somnolencia y abulia, a partir del que nada puede hacer? ¿Uno puede decirse a uno mismo que hablarse tanto, nos transforma en animales improductivos? Interminables soliloquios, de pragmatismo estéril. Y ahí, la inquietud, las dudas, la imposibilidad para avanzar. “…rodando, en alquiler…”
“esto no me va a embrujar” Se dice, se repite el Loco González y permanece en la esfera de la espera, mientras la plancha toma la temperatura ideal para que las camisas adopten un liso símil almidonado.
Las camisas, las remeras, todo tipo de vestimenta, menos él.
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